Solïloquïo
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JUEGO DE FUNAMBULISTAS


El café está caliente, silencio en derredor.

Amigo lector, amiga lectora, mira las cuatro paredes que te rodean, mira el techo que te cubre, mira el suelo que te sostiene. Ahora cierra los ojos. Haz tres o cuatro inspiraciones de aire, es algo que ayuda. Concéntrate lo más intensamente que puedas hasta que llegue la primera, retenla un tiempo, no te impacientes, es normal que primero esté como difuminada, pero poco a poco ira ganando nitidez. Haz unas tres o cuatro exhalaciones de aire, parece una estupidez, pero ayuda. Créenos.

Es la primera imagen.

Con esa primera imagen elabora un texto, construye tu discurso, elévate a una cuerda fina y tensa que verás en lo alto y comienza a danzar en equilibrio inestable.

Sí, sabemos lo que sientes, ese vértigo mitad pánico y mitad éxtasis. Ya has probado el veneno del equilibrista, el tósigo maldito y santo de jugárselo todo en el vuelo, en la ascensión a cotas más intensas y respirables.

Porque eres un insatisfecho, porque nada te basta, porque enarbolas en tu esperanza algo aún no dicho de la realidad.

Una vez que tengas la primera imagen, que se haya formado clara y rotunda, abre los ojos. Las transformaciones se sucederán como en un caleidoscopio. Y ya no habrá pared que te encierre, ni techo que te limite ni suelo que te contenga. Han desaparecido al albur de tu juego de funámbulo, y ya en la perpendicular del espacio, sonriente y tiritando, mantendrás el equilibrio.

Nadie te oye, nadie te ve, estás solo en la cuerda. Pero ya no necesitas público para dar sentido a la vida. Deshilvanas en el vuelo el abigarrado tejido de tu querencia, para, tras un gesto abracadabrante, verte desnudo ante un espejo líquido. Te sumergirás en él para mecerte en la plenitud áurea de tu independencia.

Este es tu soliloquio, tu vuelo. Imagen tras imagen, palabra tras palabra, creas el discurso que da sentido al vuelo y te proyecta.

Pero el riesgo existe, y es un riesgo no pequeño de caer a un fondo sin eco. Caminar en la cuerda no es fácil, y la seguridad sólo es concedida al cobarde que se abraza a su sombra. Tú eliges el vuelo, y estás dispuesto a pagar el precio del fracaso. Porque el miedo es inherente al baile, y el funámbulo, danzante, padece necesariamente el envés del vuelo. Pero lo padece con mirada mayestática. Con el orgullo propio de los que han tachado su nombre y se construyen de la nada. Y caerás mil veces, y otras mil caerás a ese fondo sin resonancia. Ya lo sabías, era inevitable. Pero preferirás caer a no haber volado nunca.

Y cada vez que has caído, has suspirado tres o cuatro veces porque, aunque parezca mentira, ayuda para comenzar de nuevo, obstinado como eres, la ascensión.

Y queda una huella. De cada vuelo y caída queda un texto. Un emblema que se inscribe indeleblemente en el tiempo. 

Nosotros te ofrecemos nuestras huellas como condición de posibilidad para compartir las tuyas. Pues aunque no te oigamos, ni te veamos, sabemos que está ahí, oliendo el perfume de un café caliente, entre cortinas de silencio.

¡Sea pues nuestro sentido y sentimiento hilado con el tuyo, amigo lector, amiga lectora, y por un instante volemos juntos!

Alrededor de Donosita, noviembre 2007